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obra de Joaquin Lalanne

 

Instante delicado

En Instante delicado, Joaquín Lalanne construye una escena que oscila entre la revelación y el desconcierto. Sobre un suelo de damero que multiplica la profundidad, tres símbolos se encuentran en un equilibrio tenso: una Venus de Milo, una columna jónica y una botella de Coca-Cola coronada por un búho. Lo sagrado, lo clásico y lo banal conviven como si el tiempo hubiese quedado detenido un instante antes de la interpretación.

Al fondo, la sombra de La isla de los muertos de Arnold Böcklin abre un portal hacia lo enigmático. La Venus que la contempla parece confirmar la célebre intuición de De Chirico:
“La estatua inunda su alma en la contemplación de su propia sombra.”
Ese eco metafísico subraya la tensión entre presencia y ausencia, entre aparición y misterio.

El búho, emblema de sabiduría pero también de presagio, introduce una ambigüedad decisiva: guía o amenaza. La Coca-Cola —imagen que Dalí incorporó en los años cuarenta— recuerda que las marcas, como las estatuas, también se transforman en ruinas culturales.

Frente a ellas, un hombre de espaldas se detiene, sorprendido ante una revelación que no se muestra. Ese gesto suspende la escena y da nombre a la obra: el instante previo a comprender algo que todavía no se deja decir.

 

Día en el mercado 

En Día en el mercado, Joaquín Lalanne convierte una terraza mediterránea en un museo imposible, donde siglos de arte conviven en un mismo escenario luminoso. Como en un gabinete pictórico abierto al mar, lo clásico, lo moderno y lo contemporáneo dialogan sin jerarquías.

En el primer plano, la langosta de Jeff Koons domina la escena frente a un bodegón de frutas: lo jugoso y cotidiano se enfrenta a lo monumental y kitsch. Tras ella, las dos figuras de Perugino introducen la armonía del quattrocento, mientras el toro cerámico de Picasso enlaza tradición y experimentación moderna.

Bajo las arcadas, la escultura de Venus y Marte de Canova afirma el eje del clasicismo, acompañada por un móvil de Calder que aporta la ligereza matemática de la modernidad. Los muros laterales completan esta constelación: Miró, Calder, el Color Field y Botero convierten la terraza en una galería de ecos, ritmos y correspondencias.

Todo el repertorio funciona como una metáfora del mercado cultural: un lugar donde los mitos griegos, el Renacimiento, el neoclasicismo, el modernismo y el arte contemporáneo se superponen como estratos de una misma memoria. Lalanne condensa aquí su visión del arte como encuentro y continuidad: un espacio donde las imágenes del pasado regresan para ser contempladas de nuevo, bajo la luz del Mediterráneo.

pintura de Joaquin Lalanne
pintura de Joaquin Lalanne

 

Tres verdades

En Tres verdades, Joaquín Lalanne construye un escenario donde arte, fe e historia —las tres grandes verdades del hombre— conviven dentro de una misma arquitectura frágil. El espacio, sostenido por maderas, clavos y cintas, se abre como un teatro de la existencia: preciso y luminoso, pero también precario, recordándonos que habitamos un mundo que nunca nos pertenece del todo.

En primer plano, dos arqueólogos excavan sobre un suelo de damero. Su hallazgo revela la pipa de Magritte y el bigote de Dalí, fragmentos simbólicos de la historia del arte convertidos en fósiles culturales. A un costado, el retrato de Howard Carter —descubridor de la tumba de Tutankamón— observa la escena como guardián de la memoria.

Al fondo, tres figuras con túnicas evocan la fe, esa necesidad humana de creer en lo invisible para dar sentido a la existencia. A la derecha, un artista contemporáneo dibuja al muñeco Michelin sobre la pared blanca, encarnando la ironía moderna: la capacidad del arte para transformar lo banal en símbolo.

Lalanne entrelaza estos tres planos —el de la excavación, el de la fe y el de la creación— para construir una alegoría del hombre contemporáneo: absorto en su propio quehacer, indiferente a la fragilidad del mundo que lo contiene. Así, Las tres verdades se alza como un espejo de nuestra condición: vivimos entre ruinas y ficciones, buscando sentido en los restos del tiempo.

pintura de Joaquin Lalanne

 

Welcome

En Welcome, Joaquín Lalanne erige una Puerta de la Historia: una estructura de cartón ensamblada con clavos y cintas visibles, inspirada en la Puerta de Brandeburgo y en los templos del mundo clásico. Sobre el friso, dos Venus de Milo y dos latas de Campbell’s coronan el acceso como guardianas de una nueva mitología, aquella que une la antigüedad con la cultura de masas. En su aparente monumentalidad late la fragilidad de la escenografía, una constante en el universo lalanniano.

Más allá del pórtico, como si acabaran de atravesar el umbral del tiempo, avanzan tres figuras clave en la historia de la arqueología: Johann Joachim Winckelmann, padre de la arqueología moderna; Heinrich Schliemann, descubridor de las ruinas de Troya; y Robert Koldewey, quien desenterró Babilonia y la célebre Puerta de Ishtar. El encuentro de estos personajes, solemne y casi teatral, alude a la fe humana en la búsqueda del conocimiento y a la obstinación de quienes dedicaron su vida a reconstruir los vestigios de la civilización.

Pero la escena se quiebra con la irrupción del hombre leopardo. Su figura, a la vez cómica y amenazante, introduce la nota de ironía: la historia se revela como un escenario donde la erudición y el absurdo conviven sin jerarquías. Los arqueólogos, sorprendidos, parecen huir —no del peligro, sino de la incertidumbre que acompaña a todo descubrimiento. Para el pintor, es también la venganza del mundo místico contra el colonialismo occidental.

Con Welcome, Lalanne convierte la arqueología en una metáfora de la creación artística: la exploración de los restos, la reconstrucción del pasado, la obstinación por hallar sentido. Esta puerta no es sólo el umbral de la historia, sino la entrada al imaginario del propio artista, donde razón y artificio se encuentran bajo la luz del amanecer.

oleo de Joaquin Lalanne

 

Mañana filosófica

En Mañana filosófica, Joaquín Lalanne convierte una terraza frente al mar en un teatro de fuerzas contrapuestas. Sobre el damero —símbolo de orden y medida— conviven dos estatuas de cartón que personifican a Apolo y Dioniso, los espíritus que Nietzsche vio en la raíz de toda creación: la claridad racional y el impulso instintivo.

Los personajes que habitan la escena oscilan entre esos polos: algunos dialogan con solemnidad, otros se abandonan al movimiento dionisíaco. En el centro, un joven atado a un poste recuerda a Ulises frente al canto de las sirenas: la razón sujetándose a sí misma para no ceder ante el vértigo del deseo, como insinuaría Freud.

Enmarcada por cortinados que refuerzan su carácter escénico, la obra captura ese instante en que la luz del pensamiento y la fuerza del instinto coexisten en un equilibrio frágil e inevitablemente humano.

obra de Joaquin Lalanne

 

El jardín de Asteríon

En El jardín de Asterión, Joaquín Lalanne transforma el mito en un laberinto cultural contemporáneo. El espacio blanco, geométrico y silencioso remite a la casa del Minotauro de Borges: una arquitectura mental donde la identidad se construye entre la memoria, la imaginación y el extravío.

Dentro de ese orden ascético aparecen objetos y figuras que pertenecen a mundos distintos. Teseo, con casco y lanza, avanza como el visitante inevitable del mito; una mariposa monarca insinúa transformación; un mapa antiguo propone orientaciones que nunca terminan de esclarecer nada. El fantasma de Pac-Man introduce el juego, la ironía y la cultura digital como parte del mismo laberinto simbólico.

A un lado, un gran candelabro ritual —más signo que objeto— refuerza la idea de una luz que guía pero no resuelve.
Al fondo, una carabela navega el Mediterráneo con un desconcierto silencioso: símbolo del “descubrimiento” de América, aparece desplazada, llegando a una costa donde ya hay una torre, un mundo ya constituido. No descubre nada; arriba tarde, convertida en emblema del extravío más que de la conquista. Ese pequeño desplazamiento histórico abre una grieta donde mito, colonización y cultura global se mezclan como parte del mismo laberinto mental.

El resultado es una escena donde lo mítico, lo histórico y lo pop conviven sin jerarquías. Lalanne convierte el laberinto de Asterión en un espejo de nuestra propia complejidad: un territorio interior en el que buscamos sentido mientras avanzamos entre símbolos que se superponen, se contradicen y finalmente nos revelan.

obra de Joaquin Lalanne

 

Camino de gigantes

En Camino de gigantes, Joaquín Lalanne construye una mitología personal donde lo íntimo y lo cultural se entrelazan como parte de un mismo viaje. Sobre el paisaje luminoso de Cadaqués —convertido aquí en territorio legendario— conviven un busto heroico de la Antigüedad, un camello solitario, la geometría icónica de una caja de Coca-Cola y la figura del ao ao, criatura del imaginario guaraní que el artista transforma en un guardián ambiguo: familiar y amenazante a la vez.

La obra reúne símbolos que acompañaron al pintor a lo largo de los años, objetos que, desprendidos de su origen, se vuelven emblemas de un relato interior. En el centro, dos figuras se alzan como pequeñas botellas dentro de un casillero de refrescos: una imagen que habla tanto de la cultura de consumo como de la fragilidad de la identidad en un mundo saturado de signos. Al mismo tiempo, esas mismas figuras —el pintor y su pareja— viajan en un automóvil antiguo conducido por la Pantera Rosa, como si el mito se reescribiera en clave lúdica mientras avanzan hacia un futuro abierto.

Los elementos históricos, populares y afectivos conviven sin jerarquías, configurando un paisaje simbólico que es a la vez memoria y ficción. Camino de gigantes propone una lectura del mundo como un territorio donde los mitos heredados y los mitos personales conviven, chocan y se transforman, invitando al espectador a reconocerse en ese tránsito entre lo real y lo imaginado.

Cuadro de Joaquin Lalanne

 

Un largo día

En Un largo día, Joaquín Lalanne organiza una cartografía visual de la contemporaneidad. La cuadrícula que estructura la superficie funciona como un tablero donde imágenes de distintas épocas —templos griegos, señales de poder político, escenas bélicas, animales simbólicos, íconos pop, gestos humanos, restos arqueológicos— conviven como fragmentos de un mismo relato fracturado.

En el centro, una pequeña plataforma teatralizada reúne a un pintor y a un grupo de observadores: figuras que parecen interrogar el sentido de ese mundo en mosaico. La pintura aparece así como un punto de detención, un lugar donde mirar, pensar y recomponer lo que la historia, la política y los medios dispersan.

La obra yuxtapone lo solemne y lo trivial, lo ancestral y lo inmediato, lo bélico y lo lúdico. La Casa Blanca convertida en imagen fotográfica, un tigre a punto de atacar, un Mickey Mouse que avanza despreocupado, Nietzsche, un búho, soldados, paisajes, restos de imperios, manchas abstractas y signos geométricos: todo coexiste sin jerarquías, como capas simultáneas de una misma conciencia colectiva.

Un largo día no intenta resolver ese caos, sino mostrarlo: el mundo contemporáneo como una acumulación infinita de estímulos, narrativas y fantasmas históricos. En esa tensión entre saturación y análisis, Lalanne propone un acto de resistencia: observar, pensar, ordenar, aunque sea por un momento, aquello que parece inabarcable.

 

obra de Joaquin Lalanne

 

Así está el día

En Así está el día, Joaquín Lalanne compone un tablero donde la historia, la cultura y el mito se superponen como capas activas del presente. La cuadrícula de colores —entre lo pop y lo abstracto— funciona como un escenario donde civilizaciones distantes conviven en un mismo plano: un diálogo tenso entre lo antiguo y lo contemporáneo.

Dos guerreros griegos que flanquean un jarrón clásico evocan la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo, ese combate fundacional en el que nace la historia. No lejos, Hegel aparece retratado mirando hacia adelante, mientras el mito de Danae recuerda que cada época engendra las fuerzas que terminarán desplazándola, como si cada fase histórica llevara en sí misma la semilla de su superación.

En contraste con esa idea de avance ordenado, el avión en llamas que se dirige hacia un Mickey sonriente introduce una lectura más inquietante: la historia como choque, interrupción, ruina acumulada. Esa tensión —entre progreso y catástrofe— sugiere la fragilidad de los poderes actuales y la sensación de un mundo en transformación permanente.

Conviven también una estatuilla huasteca, figuras egipcias y romanas, escenas clásicas, animales simbólicos, y la arquitectura metafísica de un pórtico: fragmentos culturales que ya no se organizan por origen, sino por resonancia, como un archivo abierto de la memoria colectiva.

En la parte inferior, los cazadores africanos y las mujeres romanas que corren hacia fuera del cuadro trazan un arco temporal que va del pasado remoto al porvenir, aludiendo al cambio de roles sociales y a la búsqueda de nuevos modos de habitar la historia.

El fotógrafo que registra la escena sintetiza el gesto de la obra: un intento de capturar este instante del mundo, complejo, contradictorio y en transformación. Así está el día observa la contemporaneidad como un campo donde los relatos se cruzan, se erosionan y se reescriben sin cesar.

obra de Joaquin Lalanne

 

On the run

En On the Run, Joaquín Lalanne construye un espacio casi teatral donde el color se vuelve protagonista. Los planos rojos, amarillos y negros, de espíritu Hard Edge, generan una atmósfera de tensión suspendida: un escenario nítido en el que algo acaba de ocurrir o está por suceder.

En el centro, una mujer mira al espectador como si hubiera sido sorprendida en mitad de un tránsito interior. A su alrededor, tres elementos condensan distintas fuerzas simbólicas: el caballo desbocado proyectado en la pared, emblema del impulso y la fuga; el reloj de arena, que marca un tiempo que se escurre; y la mano que emerge desde la sombrasosteniendo un teléfono, gesto que introduce una llamada imposible, un mensaje desde otro plano.

La austeridad del espacio amplifica cada signo, convirtiendo la escena en una reflexión sobre el vértigo, la pérdida y la irrupción de lo inesperado.

escultura de Joaquin Lalanne

 

El filósofo

En esta escultura en bronce, Joaquín Lalanne reúne varios de los motivos que atraviesan su imaginario: la cultura clásica, los símbolos de la modernidad y la condición humana entendida como pregunta. Sobre una columna jónica —emblema del saber heredado y de la elevación a través del pensamiento— descansa una Volkswagen Kombi, ícono del viaje y de la vida en tránsito.

Encima, un mono observa al espectador con gesto inquisitivo. No es una figura irónica sino un espejo: ese primate, diría Dawkins, somos nosotros mismos. La criatura que pregunta, que avanza, que duda.

A los pies de la columna, una única botella de Coca-Cola se separa del conjunto: un objeto cotidiano convertido en metáfora del individuo que se aparta de la masa. En diálogo con Heidegger y con Ortega, Lalanne sugiere que el “ser que se pregunta por el ser” es siempre aquel que se desmarca, el que encuentra una forma singular de habitar el mundo.

El conjunto —columna, vehículo, mono y botella— compone un pequeño mito contemporáneo: una parábola sobre el viaje interior, sobre la conciencia que asciende y sobre la extraña mezcla de cultura, biología y consumo que define nuestra existencia.

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